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lunes, 2 de enero de 2012

DETALLES DE MODA: EL AGUJÓN O RASCAMOÑOS


Este primer post de 2012, he querido dedicarlo a otro de los detalles ligados a la vida cotidiana de las mujeres. Se trata de un pequeño complemento habitual en  la moda de la segunda mitad del siglo XVIII, el cual tiene relación directa con los elevados peinados, las pelucas y los hábitos de higiene de la época. Se trata del agujón, o también llamado popularmente rascamoños.  

 Los agujones, como su nombre indica, eran agujas gruesas que se remataban con joyas en forma de insectos, flores, plumas etc. En la imagen os muestro un agujón de pedrería, que perteneció a la Duquesa de Warthon, quien lo solía llevar prendido en el pelo sujetando un copete de plumas.


 


El empleo del agujón o rascamoños va ligado a las modas francesas, que a lo largo del siglo XVIII, también marcaron la pauta del peinado al resto de Europa.  A partir de 1750, tras un primer periodo en el que el estilo imponía un tocado bajo, pegado a la cabeza, comenzó una evolución progresiva hacia volúmenes verticales. Los peinados femeninos se levantaron por delante como un inmenso tupé, dejando caer por detrás cascadas de tirabuzones. En la parte superior, para ampliar su altura y vistosidad, se coronaban con grandes penachos de plumas, flores, encajes y sartas de perlas que precisaban de agujones  para sujetarlos al cabello.



Retrato de María Antonieta donde luce un agujón de diamantes dispuestos en forma radial con una perla al centro.

A partir de 1770, la altura de los peinados era tal, que las mujeres comenzaron a emplear inmensas pelucas confeccionadas con cabello humano o crin de caballo. Como peinarlas y darles forma era una tarea lenta y laboriosa, los peluqueros necesitaban varias horas para montar la estructura mediante rellenos, alambres y postizos. Luego les untaban pomada para darles consistencia, las empolvaban diariamente con almidón de arroz o patata, y finalmente añadían los adornos a juego con el vestido.


Lendrera doble de marfíl. S. XVIII


Las señoras más adineradas podían contar con el servicio diario de un peluquero personal  y cambiar de peluca cada semana. Sin embargo, las menos favorecidas debían mantenerlas al menos durante un mes, retocándolas muy poco para que no se desmoronasen. Esta circunstancia, unida a la escasa higiene imperante, contribuyó a que las pelucas fueran un nido de piojos y liendres, obligando a las damas a portar con ellas de forma habitual, un tipo de peina llamada lendrera, circunstancia que nos vendría a explicar porqué los agujones eran llamados popularmente, y con razón,  rascamoños...