viernes, 23 de marzo de 2012

DETALLES DE MODA: EL SOMBRERO EN LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XX

A la fascinación que siempre me han producido las fotografías antiguas, he de sumarle la que siento por aquellos elegantes sombreros de la Belle Époque.

A principios del siglo XX, la etiqueta exigía que una dama no saliera de su casa sin su sombrero, por lo que llevarlo suponía estar bien vestida e "ir a la moda".

La actriz Lili Elsie, actriz icono de belleza de la época
A medida que avanzaba la primera década del siglo, los sombreros fueron aumentando de tamaño, con adornos más cuantiosos y complicados. La elegancia estribaba en las proporciones y la calidad de los materiales empleados en su elaboración.
 
1902











Se adornaban sobre todo con plumas, e incluso con pájaros disecados, hasta el punto de que algunas especies de aves de bello plumaje llegaron al borde de la extinción.

1905
1905




















También gustaban mucho las plumas de avestruz, denominadas "amazonas", que hacían juego con los enormes abanicos.

1906


Cuando las plumas de avestruz se superponían para conseguir una forma alargada, se denominaban "lloronas".

1906. Archivo colección Ana González-Moro
A mediados de la década se pusieron de moda los sombreros decorados con flores y hojas de verdes de tela, como si fueran pequeños jardines. Anchas cintas de moirée los sujetaban bajo la barbilla en caso necesario.

1907
Cuanto más elevada era la categoría social de la dama, más grande y más caro era su sombrero. Sólo tenemos que fijarnos en el que lleva la nurse que está en el extremo de la izquierda, en comparación con el de la señora del centro. En general, el sombrero de una u otra forma, formaba parte fundamental del vestuario femenino de todas las clases sociales. Los hombres en cambio, se limitaban a las formas clásicas con pocas variaciones.

1902




Las niñas de las familias adineradas también los llevaron aunque de menor tamaño. Para ellas se evitaban las plumas y se preferían los adornos a base de flores de tela de colores y cintas de raso.

1908
A menudo, los sombreros exclusivos los creaban las modistas. Sin embargo, si la base del mismo era de fieltro o paja, intervenía el sombrerero previamente para elaborar la base. Luego, la modista lo adornaba con multitud de cintas de seda, tul, encajes, flores de tela y escarapelas elegidos en función del color y estilo del vestido. 


1910


1909
Había modelos de sombreros para todas las mujeres y todas las ocasiones. Incluso para el luto, única circunstancia que hacía que las señoras de elevada posición social se vistieran completamente de negro, color que normalmente se consideraba vulgar por estar asociado a las criadas y a las clases trabajadoras en general.



1908

Las damas de la burguesía también los usaban, aunque en la mayoría de los casos, preferían llevarlos un poco más pequeños, a juego con sus cómodos tailleurs. Para ellas, los enormes sombreros tipo rueda además de caros, eran poco prácticos. Normalmente los adquirían ya elaborados en las sombrererías, o en los grandes almacenes, que por ese entonces ya existían en las ciudades más importantes. No eran exclusivos, pero su precio era mucho más asequible, lo cual contribuyó sobremanera a la democratización del sombrero.



lunes, 12 de marzo de 2012

LA MODA EN LA PINTURA HOLANDESA (II)

Hace algunos meses, publiqué un post titulado "La moda en la pintura holandesa del siglo XVII", creado con la idea de añadir con posterioridad otras obras que me permitieran analizar poco a poco la moda de esa fascinante época.


En esta ocasión, he elegido una obra del magnífico retratista nacido en Amberes, Anton Van Dyck (1599-1641), quien supo como nadie reflejar los maravillosos ropajes de sus retratados, representando las calidades de los tejidos y detalles vestimentarios con gran precisión, por lo que su obra constituye una valiosa fuente para analizar la moda del siglo XVII.

En 1620, a los 21 años de edad, Van Dyck viajó desde su Amberes natal a Londres. Allí obtuvo una pensión que le permitió trasladarse a Italia, donde realizó entre otros, este magnífico retrato de cuerpo entero de la joven Paolina Adorno, fechado en 1627, y que pertenece actualmente a la colección del Musei di Strada Nuova. La joven, perteneciente a una de las familias más ricas de Génova, posa elegantemente vestida al estilo español, cuya influencia aún se dejaba notar en la indumentaria del resto de Europa.


Anton Van Dyck. Paolina Adorno, 1627

Van Dyck no deja nada al azar, detallando minuciosamente el lujoso vestido que luce la joven Paolina. Compuesto de un rígido cuerpo o "sayo" de terciopelo de seda en color azul marino (que debe su forma al cartón engomado que se disponía entre el tejido y el forro interior), terminado en una larga punta emballenada por delante. La falda o "basquiña", confeccionada con el mismo tejido del sayo, está decorada también con anchos galones de pasamanería de hilos de oro, que partiendo del centro, ribetean las partes delanteras y los bajos de ambas prendas, pudiendo contarse hasta trece bandas en la basquiña.


Paolina luce un magnífico traje de terciopelo "a la española"

En las sisas del sayo, destacan los "brahones", piezas que sobresalen en forma de alerillos  de los que parten las denominadas "mangas perdidas", que caían abiertas hacia los lados para mostrar el precioso tejido de seda brocada que también compone las mangas del jubón interior.
La lujosa y almidonada lechuguilla de organza de seda, que enmarca el rostro, forma abanillos recortados y decorados con encaje. Los puños del mismo tejido, que rematan las mangas del jubón, hacen juego con la misma.
El peinado formado por pequeños rizos, asoma bajo el bonete decorado con filas de perlas y un pequeño "airón" o penacho de plumas de color negro.



Por último, señalaros el collar de oro dispuesto en bandolera que cruza su pecho, y la delicada rosa que lleva en su mano, símbolo de la fugacidad de la belleza...







Bibliografía consultada: Bandrés Oto, Maribel: La moda en la pintura. Usos y costumbres del siglo XVII



    viernes, 2 de marzo de 2012

    TUL: UN TEJIDO VERSÁTIL (II)

    Como ya os contaba la pasada semana, el tejido de mallas que se comenzó a elaborar en la ciudad francesa de Tulle, con el tiempo iría evolucionando, hasta la llegada del siglo XIX, cuando una serie de inventos contribuyeron a la democratización del tul, pues su elaboración mecánica permitía producciones rápidas con menor coste y menor mano de obra.
    El primero llegaría en 1802, cuando el inglés Robert Brown diseñó una máquina que tejía redes, sobre las cuales podían bordarse a mano motivos de encaje. Este paso vino a sustituir al tul manual de bolillos, aunque el resultado era aún un tanto burdo.
    En 1809, John Hathewoart, de Leicester, construyó la primera máquina para tejer mallas mediante bobinas de latón, dando como resultado un tul liso muy similar al manual, pero de gran anchura, lo que permitió la confección de vestidos enteros de tul, poniéndose muy de moda. Aunque aún había que bordar el tul a mano.

    Fragmento de un tul mecánico bordado a mano con hilos metálicos en 1812 por Augustin Picot, bordador de Napoleón. Pudo estar destinado a la decoración de las paredes de la habitación de la emperatriz Josefina, en la Malmaison. 

    Pero la revolución vendría de la mano de las máquinas creadas por Pusher en 1812, y de John Leavers en 1813, quien desarrolló una máquina (Leavers) que permitía tejer los dibujos y el fondo al mismo tiempo, obteniendo mecánicamente el efecto del tul bordado a mano.

    Hacia mediados del siglo XIX, las ciudades de Nottingham en Inglaterra, y Lyon en Francia, se convirtieron en importantes centros de elaboración de tul bordado mecánico y de encajes industriales, imitando a los que se elaboraban a mano, como por ejemplo la blonda (de origen español) y el chantilly.

    Detalle de un encaje chantilly mecánico. Este tipo de encaje se elabora con un fondo de tul hexagonal, y con hilos de diferente grosor; uno que conforma la base, y otro para el contorno del dibujo. Los temas para este tipo de encajes suelen ser casi siempre florales. Se teje normalmente en color negro y con acabados en ondas en los extremos de la pieza. A partir de 1860 se empleó mucho para elaborar mantillas, chales, velos, guantes y sombrillas.

    Magnífico retrato realizado por Winterhalter en 1861. En él vemos a la princesa Alice con un chal de encaje de chantilly mecánico, elaborado probablemente con hilos de seda. Exquisitamente trabajado, el fondo está formado por un tul decorado con motivos florales y rematado en el borde mediante ondas.

    Imagen de un chal de chantilly mecánico de algodón datado en 1865. Este tipo de encaje se puso muy de moda gracias a que su precio era bastante más asequible que los realizados de forma artesanal. Las medidas solían ser de metro y medio, de forma cuadrada o triangular. Lógicamente, eran más baratos que los elaborados con hilos de seda.


    Por último, quiero enseñaros un ejemplo de blonda española mecánica elaborada con tul de hilos de seda y nutridos de algodón. Se trata de una mantilla datada en la segunda mitad del siglo XIX, que además está decorada a mano con aplicaciones de lentejuelas e hilo metálico dorado en forma de canutillo. 

    Aunque la tecnología de los tules y encajes mecánicos logren agradables resultados estéticos, lo cierto es que nunca podrán igualar la delicadeza de los antiguos encajes manuales...

    miércoles, 22 de febrero de 2012

    TUL: UN TEJIDO VERSÁTIL (I)

    Todos conocemos el tul, o al menos lo hemos visto alguna vez. Ese sencillo y frágil tejido que a las mujeres nos suele traer recuerdos de nuestra niñez, cuando nos disfrazábamos de hadas o princesas....

    El nombre de este ligero y singular tejido proviene de la ciudad francesa de Tulle en el Lemosin, ciudad donde se fabricó por primera vez de forma totalmente artesanal mediante la técnica de bolillos. Aunque se desconoce la fecha exacta de su origen, se conserva en Tulle un anuario de 1775, con la inscripción de "las señoritas Gantes" anotadas como fabricantes de encajes, por lo que se deduce que ya en esa fecha existía una próspera industria destinada a la creación de tul.

    Hacia finales del siglo XVIII, su fabricación se había extendido a otros países europeos. En el año 1806, el inglés John Heathcoat patentó una nueva máquina que producía un tul de gran calidad. Ello facilitó que pudiera emplearse como tejido para confeccionar vestidos enteros. Tuvo tanto éxito, que pronto las mujeres de la alta sociedad llevaron vestidos de tul mecánico.
    Fragmento de un vestido de noche de tul bordado. Ca. 1807
    En un principio, el tul mecánico era totalmente liso y había que bordarlo a mano, como este modelo de tul rojo, que presenta delicados motivos florales bordados con felpilla, técnica que estuvo muy de moda alrededor de 1807.

    Fragmento de un vestido de tul bordado de la Emperatriz Josefina. Ca. 1810
    La emperatriz Josefina era tan aficionada al tul, que poseía varios vestidos de ceremonia de tul mecánico bordados a mano con hilos de platino para que permaneciesen inalterables.


    Fragmento de un vestido de noche inglés. Ca. 1810
    Detalle de un vestido de noche confeccionado con tul mecánico en color negro, que sirve de soporte a delicados ramitos bordados a mano con lentejuelas y galón de plata dorada.

    Capota de boda de tul de seda. 1845. Colección V&A Museum
    Con los años, el tul alcanzó gran popularidad, y con él se confeccionaron todo tipo de prendas y accesorios, como sombreros, velos, delantales, chales, sombrillas, guantes y abanicos.

    Velo francés de tul hecho a máquina. Ca. 1860
    Fragmento de un velo de forma semicircular de tul negro, decorado  a mano con adornos de paja, cuentas de cristal negro, y abejas en relieve. Sirvió de adorno para un sombrero de paja.

    Franz Winterhalter. Princesa Metternich, 1860. Vestida por Worth, lleva un velo de tul liso.
    En la época de las crinolinas, las damas de la alta sociedad seguían adorando el tul por su ligereza y transparencia, hasta el punto de que el modisto más innovador y padre de la Alta Costura, Charles Frederick Worth, también se sumaría al empleo de este sencillo y sutil  tejido que formaba pequeñas figuras hexagonales.

    Franz Winterhalter. Emperatriz Sissi, 1865

    Magnífico retrato de la emperatriz de Austria vestida con un diseño de Worth. Se trata de un vestido de noche confeccionado con tul drapeado de seda blanco -sobre cuerpo y falda de seda- bordado con hilos metálicos y echarpe de tul liso a juego. La ligereza del tul otorgaba a los vestidos una apariencia etérea y brillante a la luz artificial de los salones de baile. Algo difícil de igualar con otros tejidos...

    La historia del tul no acaba aquí. Sólo, bordado, o como base para elaborar encajes como la blonda, este versátil y modesto tejido dará mucho juego en la historia de la moda, pero eso os lo iré contando más adelante...


     

    martes, 14 de febrero de 2012

    DETALLES DE MODA: EL BOLSO DE NOCHE

    En el siglo XIX, asistir al teatro era un acto social que levantaba pasiones. Todas las ciudades importantes tenían al menos uno, y una compañía que durante todos los días del año, excepto en Cuaresma, representaba una obra. 

    Mary Cassat. El palco, 1884
    Durante el espectáculo, las jóvenes solteras lanzaban furtivas miradas a sus pretendientes. Desde los palcos, las señoras curioseaban los vestidos y las joyas de las demás con sus prismáticos, mientras se abanicaban de forma indolente. 
    También la ópera era un acto social importante, al que acudían los caballeros vestidos de etiqueta, y las señoras con elegantes trajes de noche. En los entreactos, se aprovechaba la ocasión para saludar a las amistades, los señores charlaban de las cuestiones más diversas, y las damas acudían además al tocador para perfumarse y darse un retoque de polvos de arroz frente al espejo...

    Ramón Casas. El Liceu, 1901
    Con esta introducción dedicada a los espectáculos sociales, quisiera recordaros que durante el siglo XIX, la vida de las élites estaba profundamente protocolizada. Toda ocasión y momento del día requería de un vestuario con sus complementos adecuados. Por eso, cuando descubrí este singular bolso y lo abrí, vinieron a mi mente todas aquellas imágenes relacionadas con el teatro, la ópera y los bailes...





















    Se trata de un original y a la vez práctico bolso de noche que data de fines del siglo XIX. Con mango de cuero trenzado, y forrado con piel gofrada, su original forma rectangular, y su cierre metálico lo hacen diferente y especial respecto a otros bolsos de la época.
    Sin embargo, la auténtica maravilla reside en su interior, pues cuando lo abres, descubres que se despliega para mostrar una serie de compartimentos y bolsillos interiores, donde cuidadosamente dispuestos, aparecen todos los elementos que una dama podía necesitar para asistir a una soirée de gala.


     
    En un bolsillo de la solapa superior, un pequeño espejo de mano. En tres compartimentos centrales, perfectamente encajados; un frasco de cristal para esencias, un pequeño abanico plegado, y unos prismáticos para no perder detalle desde el palco.


    El precioso y delicado abanico, con varillas de marfil deplegables y paisaje de tul de seda decorado con pequeñas lentejuelas doradas.


    En otro bosillo interior, un suave plumón como los que se encuentran en las polveras antiguas. Era el elemento que faltaba para retocar el maquillaje durante los entreactos del teatro o la ópera, o en un momento de descanso durante el baile.
    Ramón Casas. El descanso, 1901
    Sin embargo, este bolso, lleno de sorpresas, guardaba otra aún mejor: un pequeño carné de baile de metal repujado, con su diminuto lápiz metálico con punta de grafito. 
     









     



    James Jacques Tissot. El baile, 1875

    El carné de baile fue un elemento indispensable en el protocolo de los bailes de sociedad durante el siglo XIX hasta principios del siglo XX, ya que los caballeros invitaban por anticipado a bailar a las damas. Si ellas aceptaban, ambos anotaban en sus respectivos carnés el baile comprometido. Cuando sonaban los primeros compases, éste se acercaba, la dama se levantaba de su asiento, aceptaba el brazo derecho, y comenzaban a bailar la polca, la pavana, la mazurca, o el vals...





    Gracias a este pequeño bolso, he descubierto que las mujeres de hace más de un siglo no eran tan diferentes de nosotras. Hoy en día, igual que ellas, llevamos en nuestros pequeños bolsos de noche multitud de pequeñas cosas que consideramos "necesarias" para sentirnos más seguras. Tal vez no sean exactamente las mismas, pero sí muy parecidas, ya que el carné de baile lo hemos sustituido por el carné de conducir, y los prismáticos por el móvil. Pero por lo demás, siempre llevamos un lápiz de labios, una pequeña polvera para eliminar "brillos", un perfume formato "mini" y un espejito de mano...

                      Y tú, ¿qué llevas en tu bolso de noche?...




    Agradecimientos:

    A mi buena amiga María del Hoyo Monteverde, dueña del bolso de noche (heredado de su abuela) que me ha permitido ilustrar este post.




    martes, 7 de febrero de 2012

    AÑOS 50: LA DIVISIÓN DE LA MODA

    Los años 50 marcaron un punto de inflexión en la estética de la moda. Por primera vez en la historia, la imagen femenina se dividió. Dejó de ser unitaria como lo había sido hasta antes de la guerra. De repente, aparecieron dos tipos de mujer que seguían la moda, aunque con apariencias claramente distintas. 
     


    Unas eran mundanas y sofisticadas, con ropas de adulta, muy elegantes, con trajes de cuidado corte de Balenciaga, Dior, Fath, Givenchy o Balmain entre otros. En la prensa, las modelos  para este tipo de mujer eran arrogantes, muy delgadas y muy maquilladas, que rondaban los veinticinco años.
    Estética de la mujer "sofisticada" promovida por la Alta Costura.
    El otro grupo en cambio, lo formaba mujeres jóvenes, casi adolescentes, de cara redonda y aspecto sano, con melenas sueltas hasta los hombros, o peinadas con una coleta, que podían tener edades difusas entre quince y treinta años, que se vestían con ropas holgadas e informales; vaqueros, pantalones Capri, jerseys anchos, bermudas, faldas amplias, zapatos bajos y bailarinas capezio
     
    Estilo juvenil americano, 1957.

    Modelo prêt-à-porter de 1955, que usaban tanto señoras como chicas.
    En realidad, esos dos arquetipos tan diferentes, eran adoptados en distintas ocasiones por la misma mujer. Embutida en un sofisticado vestido de Alta Costura, con ajustado guêpière y tacones de aguja para asistir a las fiestas, o con camisas holgadas, pantalones y zapatos planos, para la vida diaria. Actrices de moda en aquella época, como Brigitte Bardot, Marilyn Monroe y Audrey Hepburn por ejemplo, encarnaron esa nueva dualidad, vistiéndose con elegantes modelos para acudir a fiestas, y luego dejarse fotografiar vestidas con atuendos informales y juveniles en su vida cotidiana. En ambos casos, seguían la moda.

    En su vida normal, a Marilyn le gustaba ponerse vaqueros, blusas sueltas o pantalones Capri.
    El porqué de esa nueva dualidad, -inédita en la historia de la moda- nos lleva a plantearnos que algo nuevo estaba ocurriendo. El hecho se explicaría básicamente en que los diseños inspirados en la Alta Costura no podían complacer a las jóvenes de clase media, quienes reclamaban una nueva imagen para ellas, ya que hasta entonces, se habían vestido con ociosas versiones de la ropa de sus madres. Hacia mediados de los años 50, la juventud comenzó a reclamar un tipo de ropa que se adaptara a su estilo de vida, sus gustos y sus ideas. Tener una estética diferente era tan importante como comportarse de un modo diferente...

    Chicas americanas vestidas con vaqueros unisex y chaquetas de béisbol.

    Como respuesta a esta nueva necesidad de los jóvenes, en Estados Unidos surgieron modas juveniles inspiradas en fuentes diversas;  en la ropa de deporte, en el rock´n´roll, en las nuevas estrellas del cine y de la música, como Elvis Presley, Little Richard o Chuck Berry, quienes no sólo marcaron un hito en la música del momento, sino que también determinaron la moda de sus fans, que querían identificarse con los atuendos de sus ídolos. A la difusión de este fenómeno cultural -también exportado a Europa-, contribuyeron notablemente los discos, la radio y la televisión (inventada en 1947).

    Cliff Richard bailando rock´n´roll en 1958.

    En Europa, el germen de la nueva juventud comenzó a gestarse en Francia, a finales de los años 40, con el existencialismo, filosofía que promulgaba al individuo y su búsqueda de sentido a la vida, rechazando los valores tradicionales burgueses. Con este tipo de pensamiento, surge la moda beatnik, que expresaba esa nueva actitud de rebeldía, mediante los jerseys de cuello alto, boinas, pantalones pitillo, vaqueros, zapatos planos y en general, una indumentaria sobria donde predominaba el color negro.



    Con todos estos cambios, y la aparición de los nuevos consumidores, la industria del prêt-à-porter se fue haciendo cada vez más fuerte, consciente de que el factor juventud era un nuevo filón para explotar. En Estados Unidos, la técnica de producción de ropa en cadena estaba muy avanzada. Se confeccionaban en serie prendas deportivas que tuvieron gran acogida, disparándose las ventas de vaqueros, que comenzaron a exportarse a Europa, donde la tecnología estaba menos desarrollada. 

    Así, poco a poco, a lo largo de la década, se gestó lo que ocurrió después en los años 60, cuando llegó la auténtica revolución juvenil. El prêt-à-porter terminó desbancando a la Alta Costura de su elitista trono, para convertirse en el fenómeno de masas que conocemos hoy...