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Fachada exterior de La Pedrera-Casa Milá
© ANC- Fondo Brangulí
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Aquel piso, donde vivía María junto a su esposo y sus cuatro hijos, era obra del insigne arquitecto Gaudí, -de quien todo el mundo hablaba en Barcelona- y había sido su sueño desde el momento en que lo vio por primera vez. Ubicado en la cuarta planta del edificio Milá, en pleno corazón del l´Eixample barcelonés, formaba parte de aquel emblemático y moderno edificio, cuya fachada María había admirado tantas veces mientras se construía.
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María, nuestra protagonista, con vestido de encaje de Irlanda, ca. 1910
Archivo Colección Ana González-Moro
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A María no le fue difícil convencer a su esposo, Josep - hombre culto, y acaudalado empresario del sector textil catalán- para que alquilase al matrimonio Milá, uno de aquellos pisos de 500 m2 que a ella tanto le gustaban. Josep, que adoraba a su esposa, y nunca le negaba nada, accedió de buen grado. Más aún, cuando supo que el edificio contaba con grandes innovaciones para la época; luz eléctrica, agua caliente, ascensor, y un garaje subterráneo para coches y carruajes. Además, en su piso dispondría de un espacioso despacho con teléfono.
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D. Josep, esposo de María
Archivo Colección Ana González-Moro |
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Cortinas de malla bordada, encaje de bolillos y bordado Richelieu Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
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Luz eléctrica y teléfono en el despacho de Josep. Un lujo en aquella época.
Fundació Catalunya-La Pedrera
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María era una mujer dulce, de carácter alegre, apasionada por la decoración y la moda modernista. Adoraba aquellas amplias estancias, llenas de detalles. Con tanta luz natural en pasillos y habitaciones, que le parecía que allí no podría entrar la tristeza jamás.
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A la izquierda, el comedor. A la derecha la elegante salita donde María recibía a las visitas y se sentaba por las noches junto a su esposo tras la cena.
Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
El enorme comedor era el lugar que más gustaba al matrimonio. En torno a la mesa, se reunía toda la familia para las grandes festividades. Cuando llegaba la Navidad, María daba instrucciones a la criada para que sacara de la alacena su preciada vajilla de Limoges -regalo de boda de sus padres- y su mantelería blanca de lino, decorada con encaje de guipur. Aquel precioso mantel era especial para ella, pues formó parte de su ajuar de novia, en el que la "ropa blanca del hogar" incluía varios juegos de cama, juegos de baño con toallas de hilo, pañuelos, tapetes y colchas. Todas las piezas era de un níveo color blanco, -su color favorito- y estaban primorosamente adornadas con encajes de bolillos.
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El comedor familiar con la salita al fondo
Fundació Catalunya-La Pedrera
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Mesa de NavidadImagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera
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Cuando María era todavía una niña, su madre había encargado para ella la elaboración de su ajuar de novia. Eligió un taller de modistas de blanco, llamado "Casa Carressi". Fundado en Barcelona en 1898, aquel taller era famoso entre la alta burguesía de la ciudad, por ser una auténtica casa de alta costura, especializada en la elaboración de lencería femenina e infantil, así como ropa del hogar. Allí trabajaban las mejores bordadoras y encajeras de la ciudad.
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Juego de cama de matrimonio, ca. 1890 Colección Núria Barber Aromí.
Imagen Exposición "El fil invisible"
Museu de Lleida |
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Dormitorio matrimonial con muebles modernistas.
Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
La ropa blanca también estaba presente en el dormitorio matrimonial, donde la luz entraba a raudales por las ventanas. Tamizada por un estor y cortinas de tul de algodón bordadas en técnica de Cornelly. En la cama, una preciosa colcha de algodón decorada con franjas de entredoses y encaje de bolillos, que formó parte de su ajuar.
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María con la pequeña Rosa, su hija menor. Lleva un vestido de crochet y encaje de algodón
Archivo Colección Ana González-Moro
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La cuna con dosel que ahora ocupaba la pequeña Rosa, había pertenecido a su marido, Josep cuando era un bebé. Después la habían usado sucesivamente todos los hijos de la pareja. María sentía un gran cariño por aquella cuna.
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Cortinas, dosel y cubrecuna de algodón y tul bordado.
Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
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Cuarto de baño anexo al dormitorio principal, con toallas de lino bordadas a mano. Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
María, que adoraba a sus hijos por encima de todo, estaba encantada de que ellos pudieran disponer de un enorme cuarto de juegos, donde Neus, la hija mayor, pasaba horas entretenida jugando con su casita de muñecas, mientras su hermanos más pequeños, Assumpció y Jordi, se disfrazaban dejando volar su imaginación.
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Los tres hijos mayores de María cuando eran más pequeños. Al centro, Neus, la mayor. A la izquierda Assumpció y a la derecha Jordi Imagen archivo colección Ana González-Moro |
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Perchero con algunas prendas de los niños. Arriba, al centro, el "barret de cop" que tantos chichones había evitado a los niños cuando aprendían a caminar.
Fundació Catalunya-La Pedrera |
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Ventana del cuarto de juegos con cortina de algodón y entredós de encaje.
Fundació Catalunya-La Pedrera |
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Casita de muñecas
Fundació Catalunya-La Pedrera
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El baúl de los disfraces infantiles Fundació Catalunya-La Pedrera |
Cerca del cuarto de juegos, estaba la habitación de Pepita, el ama de cría, una robusta y saludable señora, originaria de Asturias. Pepita viviría con la familia durante el primer año de vida de la pequeña Rosa, encargándose de su crianza y cuidados.
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Pepita, el ama de cría con la pequeña Rosa en brazos
Archivo Colección Ana González-Moro
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Detalles de la habitación de Pepita; su uniforme negro, cofia y delantales.
Fundació Catalunya-La Pedrera
Como en toda casa de familia, de la alta burguesía, no podía faltar un trastero donde guardar las bicicletas de los niños, y los elementos para practicar los deportes de invierno y de verano que estaban de moda. Josep era muy aficionado a ellos en su tiempo libre.
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Trastero. A la izquierda, "un mundo de cosas", el baúl de viaje de María
Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
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En el amplio trastero cabían muchas cosas. Fundació Catalunya-La Pedrera |
El trastero también albergaba los baúles, sombrereras y maletas que empleaba el matrimonio en sus viajes al extranjero. A María le encantaba viajar a París para encargar algunos vestidos en la Maison Worth, y de paso adquirir delicados encajes franceses y belgas, que eran su pasión. En los veranos, la familia se marchaba a Biarritz "a tomar las aguas". Una tradición que la alta burguesía seguía desde el siglo XIX.
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María, de pie, eligiendo un corsage en la Maison Worth en París © R. Viollet- Photononstop |
Por las tardes, mientras los niños hacían los deberes después del colegio, María daba instrucciones a la criada sobre la ropa blanca que debía almidonar y planchar. Además, los martes y los jueves, acudía al domicilio familiar la "cusidora", a quien María pagaba seis pesetas semanales por su trabajo, consistente en arreglar y confeccionar la ropa blanca del hogar y la de la familia.
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Cuarto de plancha y costura.
Imagen cortesía Fundació Catalunya-La Pedrera |
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La máquina de coser, adquirida en Inglaterra, presidía el cuarto de la plancha y la costura. Fundació Catalunya-La Pedrera |
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La criada iba colocando en la alacena la ropa blanca recién planchada. Allí se guardaban también los bastidores de bordar de María. Fundació Catalunya-La Pedrera |
Algunas tardes al mes, María disfrutaba yendo de compras con alguna de sus amigas. Estaba al tanto de las últimas novedades en moda, textiles y encajes a través de la revista mensual "Feminal" a la que estaba suscrita.