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jueves, 5 de abril de 2018

MODA EN LA PINTURA: FEDERICO DE MADRAZO EN EL MUSEO DEL PRADO


Los amantes de la pintura en general, y de la moda histórica en particular, estamos de enhorabuena. A partir del 7 de mayo, podremos contemplar en el Museo del Prado, este magnífico retrato realizado por el insigne pintor Federico de Madrazo y Kuntz.

Se trata del retrato de cuerpo entero, que Madrazo realizara en el año 1852, a Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja. La obra ha sido recientemente donada por Alicia Koplowitz al Museo del Prado. 

Según el museo, esta pintura pertenece "al periodo de mayor calidad, dentro de la trayectoria de Federico de Madrazo, el mejor retratista español en ese decenio, y el que obtuvo mayor fama a nivel internacional. Ningún otro pintor de retratos, alcanza en esos años en España, la calidad que esta obra revela".

Federico de Madrazo: Retrato de Josefa del Águila Ceballos, 1852
Museo del Prado

Si analizamos la obra desde el punto de vista de la indumentaria, podemos apreciar que la retratada posa con un elegante traje de soirée color marfil. Algo normal en la época, pues las damas querían ser inmortalizadas con sus mejores galas. Aquellas que empleaban para las ocasiones especiales; como banquetes, bailes y presentaciones en sociedad. El estilo es netamente romántico, pues no debemos olvidar que el Romanticismo sigue vigente en 1852, fecha del retrato.

Su vestido sigue la moda francesa. Se compone de un ajustado cuerpo de tafetán de seda emballenado, terminando en punta, y de inspiración dieciochesca. 


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El reluciente cabello negro, peinado con raya al medio y bandós laterales, se adorna en su parte posterior, con un prendido a base de plumas en tonos rosas y blanco. La blancura de la piel de la dama, y sus enormes ojos claros, ejemplifican los cánones de belleza románticos. 

El escote se decora con una banda puntilla de encaje, del que parte una amplia berta de encaje de aplicación de Bruselas, la cual oculta parte de las  cortas mangas, decoradas con el mismo tipo de encaje. Sendos lazos del mismo tejido y color que el vestido, rematan las mangas.
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Sobre la berta, al centro, un broche "à la antique" pone una nota de color. En el cuello, un collar de perlas. En una de las muñecas, luce un brazalete de oro, y una sortija en uno de sus dedos. Pocas joyas, ya que la sobriedad predomina en ese tiempo. Bastaban pocos adornos para distinguir a una elegante...


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La falda, del mismo tejido que el cuerpo, queda oculta por dos enormes volantes de encaje de aplicación de Bruselas al igual que la berta. A partir de mediados de siglo XIX, las formas de las faldas se hicieron más redondeadas y voluminosas gracias a los miriñaques. Además, estaba de moda llevar faldas con volantes que las realzaran. Un volumen que contrastaba con la fina cintura que se ceñía mediante un ajustadísimo corsé interior.

Por último, no podemos olvidar el hermoso y delicado mantón isabelino color beige, que se desliza descuidadamente desde uno de sus brazos. De seda, monocromo, y bordado a mano con delicados motivos vegetales. De sus extremos, cae el delicado enrejado con largos flecos que reposan en el suelo.

El retrato en su conjunto es de una delicadeza y elegancia exquisitos. Sin duda su contemplación merece una nueva visita al Museo del Prado...



Agradecimientos

Carmina Pairet Viñas. Colección  Viñas-L´Arca.





viernes, 9 de septiembre de 2011

EL RETRATO DE LA CONDESA DE VILCHES


Hace unos días, la ilustre señora Doña Amalia de Llano y Dotres, Condesa de Vilches, recibió en los salones de su palacete de Madrid, a un selecto y reducido grupo de sus amistades, al cual tengo el honor de pertenecer. Allí nos descubrió orgullosa el retrato que su amigo, el gran pintor de la corte Federico de Madrazo le había realizado.

F. de Madrazo. La Condesa de Vilches, 1853 (Museo del Prado)

Tras la cena, la Condesa nos fue describiendo todos los pormenores del retrato. El vestido de soirée de tafetán de seda, -tejido que había adquirido en uno de sus viajes a París, y cuya brillante tonalidad azul se conseguía gracias a los nuevos colorantes de anilina-  sigue las últimas tendencias que nos dictan los figurines franceses : corpiño acabado en "V", escote generoso, voluminosa falda de volantes, y una multitud de galones, flecos, y pasamanería, que han dado lugar al llamado estilo tapicero.  Moda que tanto gusta a las damas de la aristocracia y burguesía madrileñas, dedicando parte de su tiempo a visitar a sastres y modistas para probarse y elegir personalmente los tejidos y adornos que compondrán sus elegantes vestidos.
Como es por todos sabido, una dama que se precie de serlo, ha de disponer de un nutrido vestuario, ya que el rígido protocolo social exige una vestimenta adecuada para cada ocasión; para recibir en casa, para ir de visita, para el paseo, para ir al teatro, para asistir a misa, para el baile...
Como complemento indispensable, la Condesa eligió uno de sus echarpes favoritos: el de terciopelo bordado de seda carmesí con galones dorados, y forro de satén blanco.
A la pregunta de una de las damas presentes en la velada, la Condesa nos comentó que la elección del vestido en color azul, fue producto de una meditada decisión entre Madrazo y ella, pues convinieron que ese color resaltaría mejor la blancura de su piel. No hay que olvidar que el prototipo de belleza romántico todavía vigente en nuestro país, impone un cutis pálido, que nuestra Condesa consigue acentuar convenientemente con polvos de arroz.



Pocas joyas, tan solo dos brazaletes, y una sortija con un brillante,  ya que la sobriedad predomina en estos tiempos, bastando pocos adornos o un camafeo prendido en el pecho para distinguir a una elegante...

Por supuesto, el peinado también sigue los dictados de la moda; diadema en forma de trenza, con casquetes ahuecados cubriendo las orejas. La Condesa posee una larga y reluciente cabellera negra cuidada con mimo desde la niñez, lo que le permite prescindir de incómodos postizos.

La velada se prolongó hasta altas horas de la noche, y tras obsequiarnos con su maravillosa voz sentada al piano, los allí presentes decidimos retirarnos. Tras despedirnos de la Condesa, y mientras esperábamos nuestros carruajes, comentamos entre nosotros que aquel maravilloso retrato digno de una princesa, tal vez, algún día, sería exhibido en un museo para ejemplo y deleite de futuras generaciones...